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SFV: Una sombra cae… el fanfic.

Capítulo 23: Ángel guardián.

-Como lo oyeron -contestó Francisco-. El único que podía darnos algo de información, ahora está muerto.
-¡Pero si nos dijo que no sabía nada! -exclamó Chun-Li, alarmada.
-Pues, o sí sabía, o alguien no quería que nos enteraramos de otras cosas.
-¿Y piensas ir a averiguar?
-No tengo otra solución más que esa. Solicito permiso para ausentarme de mi puesto por, al menos, tres días.
-Permiso concedido. Puedes usar un avión de INTERPOL. Será lo mejor para que llegues lo más rápido posible. Y tambien pide un coche de INTERPOL.
Francisco resopló. -Está bien… Intentaré regresar ese coche lo más completo posible. No sé por qué, pero coche que tomo, coche que acaba hecho pedazos.

José Luis se levantó de su lugar. -Voy contigo, carnal -se ofreció.
Francisco negó con la cabeza. -En este momento, eres más útil aquí, brother. Ahora más que nunca, necesitamos que tú y Ginzu descifren el contenido de esos tristes archivos. Esa es nuestra última y única posibilidad de victoria.
Después se dirigió a Cammy y a Nash. -De verdad, disculpen por arruinar su celebración, pero así es esto del combate al crimen.
-Lo entendemos -respondió Cammy-, no te preocupes.
-Suerte, Púnisher -le deseó Nash, mientras alzaba su dedo pulgar.
-Gracias… creo que la voy a necesitar -respondió Francisco, también alzando su pulgar.

Centro Federal de Readaptación Social “El Altiplano”.
Municipio de Almoloya de Juárez.
Estado de México.
México.

-Soy el agente Francisco Castillo Álvarez -se presentó ante el guardia del acceso principal y le mostró su placa-. Quiero hablar con el inspector encargado.
-Un momento, por favor -respondió el guardia, mientras tomaba su intercomunicador.
Mientras hablaba el guardia, Francisco se guardaba los lentes oscuros en su saco negro. -Ni modo -pensó-. Ahora me toca venir de “hombre de negro”.
Al poco tiempo, se presentó un hombre de unos cincuenta años, moreno, con el cabello negro y con algunas canas, y un bigote de cepillo. Llevaba una camisa blanca con rayas azul cielo, pantalones negros, zapatos de piel del mismo color y una gabardina color camello. -¿Agente Castillo? -preguntó.
-¿Sí?
-Soy el inspector Pedro García, encargado de la investigación sobre el asesinato de Víctor Gordoa -se presentó.
-Mucho gusto, inspector García. Gordoa era mi prisionero, y quiero saber cómo fue que lo asesinaron.
-Pase a mi oficina, por favor.

Una vez que los dos entraron a la oficina del inspector, García le dió a Francisco lo más de detalles que pudo. -Mire, agente. Este asesinato ocurrió en las circunstancias más raras que pudieran darse.
-¿Ah, sí? ¿Y cuáles fueron esas… circunstancias tan raras?
-Verá… cuando llegó al penal… ya estaba muerto.
-No, pues eso sí que está raro.
-Y no sólo él: Dos de los cuatro policías que lo custodiaban también aparecieron muertos.
-¿Eh…? Esto ya no está raro, sino lo que le sigue. ¿En dónde tienen a los custodios sobrevivientes?
-Están encerrados.
-¿Qué? -preguntó Francisco, sorprendido-. ¿Pero por qué? ¿Creen que hayan hecho algo malo?
-Se les abrió una investigación por complicidad en el asesinato de Gordoa -contestó García-. Sólo es mientras se deslindan responsabilidades.
Francisco torció la boca -Mientras se deslindan responsabilidades… sí, claro… como si no conociera la forma que tienen ustedes de trabajar. ¿Y dónde los tienen? Quiero interrogarlos.
-Los tenemos aquí mismo.
-Mejor aún. Así no perdemos más el tiempo.

Los dos hombres se dirigieron al área de los separos. -¡Puerta! -ordenó el inspector. La puerta se abrió y los dos entraron a una celda donde había dos hombres con el uniforme beige de internos. -Aquí los tiene, agente -indicó García.
Francisco se sentó frente a los dos hombres. -Soy el Agente Francisco Castillo, de INTERPOL.
-¿Qué… qué quiere de nosotros? -preguntó uno de los hombres, quien evidentemente estaba pasando por una crisis nerviosa.
-No se preocupen -los tranquilizó Francisco-. No les pasará nada. También fui uno de ustedes, y sigo siéndolo. Necesito que me cuenten, lo más detalladamente posible, cómo fue el asesinato de Víctor Gordoa-. Sacó su celular y empezó a grabar la conversación.
-Está bien, con tal de terminar esta puta pesadilla -contestó el otro hombre, y empezó su relato.

-Nosotros éramos parte de los custodios que llevarían a Gordoa a este penal. Íbamos junto con él, dentro de la “Julia”. Cuando ya habíamos llegado, la “Julia” se detuvo frente a la entrada principal. En ese momento… se abrió frente a nosotros una especie de… especie de… especie de…
-Una especie de… ¿hoyo negro? -preguntó Francisco.
-¡Sí! ¡Eso! ¡Un hoyo negro! -contestó el custodio.
-¿Y cómo sabe que era un hoyo negro? -preguntó el otro custodio.
-Porque los he visto. No se preocupen, les creo. Ya tengo experiencia con eso. Continúen, por favor.
-De ese “hoyo negro”, salió un tipo muy raro.
-Un tipo muy raro -repitió Francisco-. ¿Podrían describir cómo era físicamente?
-Era un tipo alto y de cara alargada y con barba de chivo -contestó el custodio.
-Y llevaba un sombrero de bruja de color negro… -agregó el otro custodio.
-Y traía puestos unos lentes oscuros…
-Unos lentes oscuros, ¿como éstos? -les enseño Francisco sus lentes.
-No no no -contestó un custodio-. Eran oscuros y redondos… como los de John Lennon.
-Como los de John Lennon… ¿y algo más? ¿Recuerdan cómo iba vestido, aparte del sombrero?
-Sí -contestó el otro custodio-, llevaba una especie de vestido chino de tonos azules.
-Y unos pantalones holgados negros -completó el otro.

-Bien -comentó Francisco-, ¿y después que pasó?
-Ese tipo le lanzó una especie de ácido a nuestros compañeros, y los mató instantáneamente.
-Y luego, se dirigió al prisionero, le puso una mano en la cara y otra en el pescuezo… y lo mató.
-Y después se fue por el mismo hoyo negro, y ese hoyo se cerró…
Francisco sopló hacia arriba -¿No recuerdan algo que le hubiera dicho el prisionero al tipo éste antes de que lo matara?
-Sí. En cuanto lo vío, el prisionero dijo algo como… “¡Amo FANG! ¡Sabía que vendría por mí!”.
-¡FANG! -exclamó Francisco-, ¡Otra vez ese nombrecito! -completó mientras se daba golpecitos en la palma izquierda con la base de su puño derecho. Le habló a García. -Inspector, estos hombres son inocentes. Solicito que los liberen de inmediato.
-Usted no es nadie para dar órdenes -recriminó García.
-En primer lugar, no es una orden, es una petición. En segundo lugar, no creo que a nadie le guste saber cómo se tratan a los inocentes aquí, ¿verdad?
-Errr… ¡Está bien, está bien! -se rindió García-. En este mismo momento, ordenaré la liberación de estos hombres.
-Y un favor: que los trate un psicólogo. Los veo muy mal física, mental y emocionalmente hablando.

En cuanto salieron de la celda, Francisco le volvió a hablar al inspector García -¿Y el cuerpo de Gordoa? ¿Dónde lo tienen?
-Está en la morgue, en el Servicio Médico Forense -respondió García.
-Bien. Voy para allá -decidió. Sacó una tarjeta de presentación y se la dió al inspector. -Por favor, manden a mi dirección de correo electrónico el informe de todo lo que llevan investigado. Lo necesito para mis superiores.

Instituto de Ciencias Forenses.
Servicio Médico Forense.
Ciudad de México, México.

Después de atravesar toda la ciudad, Francisco llegó a la morgue. Se presentó con el encargado y fue recibido por el médico forense. -Necesito ver el cuerpo de Víctor Gordoa. -pidió.
-¿Es usted familiar? -preguntó el médico.
-¡No, doctor! ¡Era mi prisionero!

El médico lo llevó a la plancha donde yacía el cuerpo de Gordoa, tapado con una sábana blanca. -Le advierto que lo que va a ver, no es nada agradable -le dijo el médico a Francisco.
-No se preocupe, doctor. Peores cosas habré visto en mi vida.

El médico destapo el cuerpo de Gordoa. Tenía la cara toda quemada, así como el cuello; y despedía un olor insoportable. Francisco sacó un pañuelo de su saco y se tapó nariz y boca. -¿Ya saben a qué se debió esto, doctor?
-Sí, agente. Fue por una mezcla de toxinas mucho muy agresiva. Me atrevo a decir que es la mezcla más rara de venenos que he visto en todo lo que tengo de médico forense.
-¿Ya tienen el informe escrito?
-Claro que sí.
Francisco sacó otra tarjeta de presentación y se la dió al doctor. -Por favor, mándeme ese informe a mi dirección de correo electrónico. Es muy importante que la vean mis superiores.
-De acuerdo, agente.
-Aunque haya sido el asesino de mi esposa y de mi hijo -pensó Francisco-, no merecía un final tan espantoso como éste.

Mientras iba manejando, Francisco se comunicó con Chun-Li y le contó tanto lo ocurrido en el penal como en la morgue. -Y así pasó todo -concluía Francisco su informe-. Una vez más aparece ese tal FANG.
-Si Bison lo contrató, debe ser alguien muy bueno para su trabajo -comentó Chun-Li-. ¿Tienes pensado hacer algo más?
-Sólo hago un par de cosas por aquí, y me regreso a Londres -comunicó Francisco-. ¿Allá, cómo va todo?
-Estamos en un callejón sin salida. Ni Ginzu ni tu hermano han podido lograr descifrar ese código fuente como le llaman.
-Ni hablar, sólo nos queda seguir trabajando en eso… ¡Ah! Y empezar a averiguar a ese tal FANG. Algo me dice que, cuando lo encontremos, también hallaremos la solución a nuestros problemas.

Una vez que se despidieron, Francisco se dirigió a la Basílica de Guadalupe. Una vez adentro, se arrodilló ante la imagen impresa en la tilma y se puso a orar. -¡Ay, Virgencita! ¿Qué vamos a hacer? ¡Este caso se está complicando demasiado! ¡Por favor, ilumínanos! ¡El mundo está en peligro!

Después, salió del templo y se dirigió a la Antigua Basílica de Guadalupe, templo ahora conocido como “Templo Expiatorio de Cristo Rey”. Una vez frente a la custodia que exponía al Santísimo Sacramento, Francisco se hincó y oró: -¡Señor! ¡No sé qué hacer! ¡Estamos en una encrucijada! ¡El enemigo nos cerca cada vez más, y el tiempo se nos está acabando! ¡Y, para colmo, no sabemos ni cómo ni cuando va a atacar! ¡Por favor, ayúdanos, ilumínanos! ¡Mándame una señal, algo que nos guíe a la solución de este problema! ¡No dejes que el mal venza esta vez! ¡Por favor…!

Terminadas sus oraciones, Francisco volvió a subirse al coche, se quitó la corbata y empezó a manejar con rumbo a la calle de Montevideo. Una vez ahí, sintió hambre. -¡Rayos! ¡No he comido nada en horas! Y con este calor, ¡ME URGE UN CHOCOLATE FRÍO! ¿Dónde será bueno, dónde? -se preguntó. Pasó ante una casa de empeños, y justo enfrente de ese negocio, había un Starbucks Coffee. Francisco suspiró. -Si no hay más remedio…

-Lo dicho. El chocolate de este lugar APESTA… pero este sándwich de tres quesos vale la pena -se dijo mientras le daba una mordida a su sándwich. -¡Ah! ¡De veras! Que los sándwiches los mandan a hacer a otro lado.
Sonó una notificación en su celular. Lo revisó y vió que eran los correos que le mandaban, tanto del penal, como del forense. De inmediato los abrió, les dió una revisada y los reenvió al correo electrónico de Chun-Li, junto con el archivo del interrogatorio a los dos custodios. Una vez que terminó de comer, Francisco salió de la cafetería. Y en cuanto salió, se oyeron balazos. De inmediato se echó al suelo y vió que tres tipos habían asaltado la casa de empeños de al lado. Esos tres tipos se treparon a un coche negro, sin dejar de disparar, y también vió a un policía auxiliar obeso que intentaba perseguirlos… fallando en el intento. Francisco se llevó una mano a la frente. -Bien… creo que no me viene nada mal un poco de acción -dijo, mientras se subía a su coche y empezaba la persecución.

(Lean esta parte oyendo “Frantic”, de Metállica)

En la persecución, prácticamente atravesaron la ciudad. Francisco se comunicó con la Policía Auxiliar para dar parte y para pedir refuerzos. Pidió que ubicaran el GPS de su celular y activó la sirena de su coche. Los ladrones, al darse cuenta, aumentaron la velocidad y empezaron a disparar al coche. Una bala dió en el parabrisas, haciéndolo añicos -¿Por qué carajos no blindan todas las unidades? -se preguntó.

Los asaltantes se detuvieron y se bajaron del coche para introducirse en un callejón. Francisco sacó un arma de la guantera y los siguió. En cuanto se percataron, los delincuentes le dispararon a Francisco, pero él evitó las balas lanzándose en un salto de tigre atrás de una pared. Desde ahí devolvió el fuego. Los delincuentes siguieron disparando, con tan mala suerte que varios balazos le dieron a las llantas y al coche de Francisco. -¡AY NOOOOOO…! ¡OTRO COCHE JODIDO POR MI CULPA! -pensó.

Y, por si fuera poco, a Francisco se le acabaron las balas. -¡No puede ser! -exclamó-. Bueno… hora de “la Operación Zarigüeya”.
Salió de su escondite con las manos arriba. -¡Está bien! ¡Está bien! ¡Me rindo! ¡Yá párenle! -exclamó.
-Muy bien, pinche tiro -dijo uno de los asaltantes-. Ahí quédate y no intentes nada gracioso.
-¿Nada gracioso? No hablas de algo así como… ¡¡PUÑO DE HIERRO!!
El ataque qi de Francisco desarmó al asaltante. Dió dos golpes más al suelo y las ondas resultantes desarmaron a los otros asaltantes. -¡Nada de armas! ¡Peleen como hombres!

Y, como era de esperarse, Francisco dió cuenta de los asaltantes en pocos minutos, gracias a su súplex, su DDT y su spinebuster. -Bien -les dijo a los asaltantes-, más vale que sean buenos chicos y se entreguen por las buenas, o les repito la dosis.
-¿Sí…? ¿Tú, y cuántos más, grandísimo pendejo? -preguntó uno de los asaltantes, con tono burlón. Silbó y aparecieron otros 10 maleantes.
Demasiado tarde, Francisco se dió cuenta de que había ido a parar al escondite de los maleantes. -¡Ay puta madre! -exclamó-. ¡Éste es otro hermoso lío en el que me meto…! (suspiró) ¿Dónde estás cuando te necesito, Pépe…?

¡¡CHAAAAANNN…!!

Uno de los asaltantes cayó noqueado. -¿Pero qué chingados…? -preguntó Francisco.
Las cabezas de dos asaltantes chocaron entre sí. Los delincuentes no sabían que hacer, mientras que otro caía golpeado y doliéndose. -¿Eso es todo? ¡Los creí más hábiles! -exclamó una voz.
-¡¿QUIÉN CARAJOS DIJO ESO?! -preguntó uno de los delincuentes.

De repente, apareció una chica como de unos veinte años. Esta chica tenía el cabello largo hasta más o menos su mándibula y era de color blanco, con un fleco tapándole el ojo izquierdo. Llevaba la combinación de ropa más extraña que alguien hubiera visto en su vida: vestía una especie de bikini negro, pero también una chamarra de serie P-D de piel negra, guantes de piel con los dedos descubiertos, una especie de malla azul turquesa abierta en la parte interna de los muslos y unas botas altas de piel café.

Un asaltante la reconoció. -¿Otra vez tú…? ¡Ya basta de estarte metiendo en nuestros asuntos?
-¡Vamos, idiotas! -contestó la chica-. ¿No les da vergüenza que una niña les dé una paliza? ¡Vengan! ¡Peléen!
-¡Vaya! -pensó Francisco-. Esta chica, o es idiota, o es muy valiente.

Otro asaltante atacó a la chica, pero ella lo tumbó con una rápida combinación de golpes y patadas estilo muay-thai. A otro lo agarró por el plexo solar y lo impactó contra el piso, para después caerle con un codazo. Francisco la miraba asombrado. -¿Es idea mía, o ese es el “Rock bottom” seguido de “el codazo del pueblo”? -pensó. Uno de los asaltantes sacó un arma y apuntó directo a Ángel. Francisco se dió cuenta. -¡OH NO! ¡NO LO HARÁS! ¡¡PUÑO DE HIERRO!!
El ataque desarmó al delincuente y Francisco lo remató con un golpe de antebrazo. la chica se seguía divirtiendo y a otro asaltante lo atrapó con las piernas, le torció el cuello y lo lanzó directo a lo que quedaba del coche de Francisco, terminándolo de desgraciar y gritando “¡¡CHÚUU!!” al finalizar. -Errr… esteeeeeee… ¡salud! -le dijo Francisco.
-Gracias, pero no estornudé -le aclaró la chica.

La pelea terminó cuando Francisco mandó a volar al último delincuente de un “úppercut” a la barbilla, cayendo dentro de la cajuela de otro coche. La cajuela se cerró, dejando atrapado al malhechor inconsciente. -¡UFFF! ¡Misión cumplida! -exclamó Francisco-. Bueno, niña, gracias por… ¿eh? ¿qué?
Por más que la buscó, la chica ya no estaba ahí. -¿A dónde se habrá ido? -se preguntó Francisco.

En eso, llegó la policía. -Tarde, como siempre -pensó Francisco.
Oyó como varias armas de fuego eran cargabas y apuntadas hacia él. -¡MANOS ARRIBA! -gritó un policía-. ¡Dese la vuelta muy despacio y no intente nada gracioso!
Francisco obedeció, no sin antes sacar su placa de la bolsa interior de su saco. -¡FRANCISCO CASTILLO ÁLVAREZ! -se identificó-. ¡AGENTE DE INTERPOL! ¡¡NO DISPAREN!!
Dos policías se acercaron y revisaron la placa. -¡Es verdad -confirmó uno de ellos-. ¡Es agente de INTERPOL!
Se acercó el comandante -¿Y quién lo autorizó a poner bajo arresto a estos delincuentes? -le preguntó a Francisco.
-¡Un momento, señor! ¡Yo no arresté a nadie! ¡Nada más los detuve y los pongo a disposición de ustedes! -aclaró Francisco-, cosa que no sería en absoluto necesaria si sus elementos estuvieran en forma -fulminó con la mirada al policía obeso que los acompañaba.
-Bien, bien, bien -comentó el comandante-. ¿Qué esperan? ¡Arresten a estos zopencos y llévenselos!
-Sí señor.

Una vez que los delincuentes estaban esposados y dentro de las patrullas, Francisco los detuvo. -Esperen, les falta uno.
Abrió de un codazo la cajuela y salió corriendo el delincuente que faltaba. Se le fue a arrodillar a un policía -¡POR FAVOR! ¡ARRÉSTENME! ¡¡LLÉVENME AL BOTE, POR PIEDAD!! -suplicó.
-Llorón -pensó Francisco.

Y Francisco quedó solo con lo que alguna vez fue un coche de INTERPOL. -Bueno, creo que primero reportaré esto a la oficina central y después agarraré el avión con rumbo a…
-Así que eres agente de INTERPOL, ¿cierto? -lo interrumpió una voz.
Francisco volteó y encontró a la chica. -¡Ah! ¡Aquí estabas! De verdad, gracias por ayudarme con esos fascinerosos… eeeemmmm… esteeeeee…
-Ángel -contestó la chica-. Ángel Torres, para servirte.
-Francisco Castillo. Mucho gusto -correspondió la cortesía. Francisco se quedó pensando. -¿De verdad te llamas Ángel? ¿No será “Ángela”?
-No… es Ángel.
-Vaya, esto sí es raro.
-Oye, tú estás detrás de una organización criminal que se llama Shadaloo, ¿verdad?
Francisco se sorprendió. -¿Cómo lo supiste?
-Tengo mis métodos -contestó Ángel-. Lo que importa es que buscas información sobre un proyecto conocido como C. H. A. I. N. S.
-¡Así es! -exclamó Francisco-. ¿Por qué esa pregunta?
-Porque tengo información importante sobre ese proyecto
-¿En serio? ¿Qué sabes sobre C. H. A. I. N. S?
-No aquí. Nos pueden oír. Vamos a mi escondite secreto
-¿Qué? ¿Y cómo sé que no es una trampa?
-Te ayudé con esos malhechores, ¿quieres más?
-De acuerdo. Tomaré eso como que todo está bien, pero… (Francisco miró hacia su coche, al que en ese momento se le caía la defensa, se le levantaba el cofre y salía disparado un chorro de vapor) yo ya no tengo cómo irnos.
-No te preocupes -lo tranquilizó Ángel-. Traje mi medio de transporte.

Dicho lo cual, salieron del callejón y Ángel le mostró a Francisco una motocicleta de 50cc. -¡Órale! -exclamó Francisco-. ¡Ésta es una de las mejores!
-¿A poco sabes de motocicletas? -le preguntó Ángel, con suspicacia
-No mucho, nada más lo suficiente para saberlas manejar.
Ángel se subió a la motocicleta. -¿Nos vamos?
Francisco se subió también y agarró con bastante timidez a Ángel por la cintura. -¡Vamos! ¡Agárrate fuerte! -lo animó Ángel, mientras sujetaba las manos de Francisco y lo hacía sujetarse a ella con fuerza-. ¡Va a ser un viaje movido! (¡¡BROOM!! ¡¡BROOM!!)
-¿Eh? ¿A qué te refieres con…? (¡¡SCREEEEEEEE!! ¡¡NIAAAAAAAAA!!) ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRGGGGGGHH!!!

Y Ángel salió a toda velocidad junto con Francisco en su moto.

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