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SFV: Una sombra cae… el fanfic.

Capítulo 30: Negocios turbios.

Algunos días atrás…

Aeropuerto Internacional de Narita
Tokio, Japón.

El avión de “All Nippon Airways”, procedente de San Francisco, descendió sobre el Aeropuerto, y se colocó justo en el “gusano” de acceso a la sala de espera de la Terminal 1 – Sur. Por ahí salió un hombre de tez clara, cabello largo, atado con una especie de “cola de caballo”, rubio (aunque se le notaban las raíces negras) y de ojos cafés. Vestía un traje azul claro con camisa blanca y corbata de un azul más oscuro. El hombre se dirigió a la zona de “reclamo de equipaje” y recogió una maleta negra; y de ahí a la zona de inmigración. Una vez terminados los trámites migratorios,  encontró a un hombre delgado, con lentes cuadrados y de un impecable traje negro que traía un cartel con su nombre inscrito, tanto en el alfabeto latino, como en caracteres kanjii: “Ken Masters”.
-¡Aquí estóy! -señaló Ken, mientras se acercaba al hombre de negro.
-¡Kon’nichiwa, señor Masters! -saludó el hombre, haciendo una profunda referencia-. Mi nombre es Shibazaki. La señorita Kánzuki me a encargado que lo lleve a su residencia.
-Gracias, Shibazaki.

Shibazaki guió a Ken hasta una zona especial del aeropuerto, donde tomaron un avión tipo charter, que los llevó a la residencia Kánzuki.

Residencia Kánzuki.
Pista de aterrizaje privada.
Tokio, Japón.

En la pista, estaba esperándolos una mujer jóven, rubia, peinada al estilo europeo-victoriano, atado en la parte de atrás con un listón azul. Llevaba un vestido negro con cuello de tortuga y zapatos de tacón de ese mismo color. En cuanto Ken e Shibazaki bajaron del avión charter, la mujer se acercó a Ken. -Kon’nichiwa, Ken -lo saludó.
-Kon’ichiwa, Karin -correspondió Ken el saludo-. Hace tiempo que no nos veíamos.
-Sí, hace tiempo. Lástima que ahora no sea para vacacionar, como nuestros padres, ¿recuerdas?
-Claro.
-Shibazaki -ordenó Karin-, trae el equipaje del señor Masters al interior de la residencia.
-Sí, Kánzuki-sama -contestó Shibazaki.

La residencia Kánzukiki cubre un terreno de 200 millas terrestres (aproximádamente 322 kilómetros). Cuenta con sus propios ríos, montañas, sabanas… y hasta con clima controlado de forma artificial. Aparte de su propia pista de aterrizaje, cuenta con su propia estación del tren (¿Por qué rayos no se subieron Ken e Shibazaki al tren? El Aeropuerto de Narita cuenta con su propia estación también). También cuenta con su propia alberca privada (de dimensiones descomunales), su propia playa privada y hasta un yate (Ay, los lujos de los ricos… ¡MALDITA POBREZA! ¡¡¡PORCA MISERIA!!!).

-¿Ya llegaron los demás? -preguntó Ken.
-¡Sí! ¡Ya están aquí! -contestó Karin.
Llegaron a una amplisima sala, donde ya estaban una mujer y un hombre, sentados en dos sillones individuales. La mujer era alta, de tez clara, de cabello rubio y largo, peinado con una cola de caballo atada con un moño azul. Llevaba un vestido largo color blanco. El hombre era oriental, musculoso, de ojos cafés y cabello oscuro, un tanto erizado en la parte de atrás y con flequillos. Traía puesto un traje y corbata de color vino ambos, con una camisa de vestir negra -Ken -empezó Karin-, te presento a Helena Douglas, presidenta del corporativo DOATEC. Helena, él es Ken Masters, del grupo hotelero Masters.
-Bonsoir, monseur Masters -saludó Helena.
-Buenas tardes, señorita -correspondió Ken.
-Y él es el señor Jin Kazama, actual presidente de la Mishima Zaibatsu.
-¡Claro! -lo reconoció Ken-. Uno de los exponentes más reconocidos del karate estilo Mishima.
-Gracias, señor Masters -dijo Jin-, pero no me gusta que me adjudiquen el estilo de mi familia. Prefiero el estilo tradicional. Mis motivos tengo.
-Oh, perdón.

Karin y Ken tomaron asiento. -Bien -empezó Karin-, la razón por la que los mandé llamar, es porque tanto Helena como Jin nos deben una explicación -soltó, así en frío.
-¿Una explicación? -preguntó Helena.
-¿Qué clase de explicación? -preguntó Jin.
-La Kánzuki Zaibatsu, que yo presido, ha detectado ciertos movimientos sospechosos, en específico, venta de armas tanto por parte de DOATEC, e investigaciones genéticas poco claras por parte de la Mishima Zaibatsu.
-¡Un momento! -exclamó Helena-. ¡DOATEC ya no se dedica a fabricar armas! ¡Yo misma clausuré ese negocio!
-La Mishima Zaibatsu no tiene nada que ver con experimentos genéticos -explicó Jin, de forma calmada.
-¿NO? ¿Y qué me dicen de esto?
Karin entregó tanto a Helena como a Jin un legajo de papeles con movimientos bancarios. Helena analizó el suyo detenidamente. -No reconozco estos movimientos -comentó.
-Yo tampoco -agregó Jin.
-¿Ya revisaron sus cuentas vía banca electrónica? ¿O han llamado a los bancos? -les preguntó Ken.
-Errr… no. -contestó Jin.
-¿Cómo es posible? -reclamó Ken.
-Siempre revisamos los estados de cuenta que nos mandan los bancos vía correo tradicional.
-Lo mismo en nuestro caso -admitió Helena.
-¿Pero cómo? -preguntó Ken-. ¡Esos estados de cuenta pueden dar información falsa!
-Lo mejor sería que revisaran sus cuentas bancarias vía Internet… ahora -sugirió Karin.

Helena sacó su smartphone, mientras Jin sacó una táblet. Ambos se conectaron a Internet y revisaron las cuentas bancarias de sus respectivas empresas. -Aquí hay algo -anunció Helena-. Una serie de movimientos a otra empresa que no es ni mía, ni aliada.
Karin se sorprendió -¿Qué empresa es?
-Es una empresa llamada… MIST.
-¿MIST…? No recuerdo a ninguna empresa con ese nombre o acrónimo. ¿Tú, Ken?
-Es la primera vez que la oigo en mi vida -admitió Ken-. ¿Jin, qué nos puedes decir?
-También tengo movimientos que yo no reconozco, aunque sí reconozco al destinatario: Industrias Mishima -contestó Jin.
-Bueno, a lo mejor te está robando el presidente de esa empresa -opinó Karin.
-Ahí está lo raro -contestó Jin-. Yo fui el último presidente de Industrias Mishima, pero ahora, Industrias Mishima no tiene presidente.
-¿Cómo? -preguntaron Karin, Helena y Ken.
-Que esta empresa está acéfala, por lo tanto, no puede hacer movimientos bancarios de ningún tipo -mencionó Jin.
-Helena -habló Karin-, ¿tienes idea de quién está detrás de MIST?
-No, ninguna -contestó Helena.
-¿Y tú, Jin? ¿Piensas que alguien ha tomado el control de Industrias Mishima sin tu conocimiento?
-Es posible -constestó Jin-. De hecho, creo que puede ser una de estas dos personas: Kazuya Mishima o Heihachi Mishima… mi padre y mi abuelo, respectivamente.
-Bien… ¿Cuánto tiempo necesitan para investigarlo? -preguntó Karin.
-Dennos un par de días -pidió Helena.
-Y después nos reuniremos en la Mishima Zaibatsu -sugirió Jin.
-Perfecto. Entonces nos veremos en dos días -planeó Ken-, ¿de acuerdo?
-De acuerdo.

Tanto Helena como Jin tomaron rumbo a la estación de tren privada de la residencia Kanzuki, y tomaron un tren con destino a Tokio. Ken se quedó con Karin, quien lo llevó a su habitación. -Gracias por las atenciones Karin. Ahora tengo que hacer una llamada a casa -anunció Ken-. No quiero que Eliza piense cosas que no son.
-¡¡UOOOOOOH JO JO JO JO JO JOOO…!! -rió Karin-. No te preocupes por eso. No hay ninguna mala intensión en mi hospitalidad.

Una vez que Ken estuvo solo en su habitación, y que terminó de instalarse, tomó su celular y marcó a su esposa, Eliza. -¿Sí? -contestó Eliza del otro lado.
-¡Mi amor! ¿Cómo estás?
-¡Ken! ¡Estoy bien gracias!
-Ya terminé mi reunión por este día. Todavía estaré por aquí, por lo menos, un par de días más. Espero no te moleste
-No te preocupes, es bueno que me avises.
-A propósito, ¿llegó alguna llamada para mí?
-No, mi amor. Ninguna.
-Bien. Necesito descansar. Espero traerte algo cuando regrese. Me saludas a Mel, por favor
-Claro que sí, mi amor. ¡Hasta luego!
-¡Adiós!

Dos días después…

Oficinas centrales de la Mishima Zaibatsu
Tokio, Japón.

Como habían acordado, Karin, Helena, Jin y Ken se reunieron en este lugar, en una de las salas de juntas. -¿Lograron averiguar algo? -preguntó Karin.
-No mucho -contestó Helena.
-Desconocemos quiénes hayan hecho esos movimientos -aclaró Jin-, pero sabemos para quién o para qué trabajan esas compañias.
-¿Podemos saber quién? -preguntó Ken.
-Claro. Las dos prestan sus servicios a una organización criminal conocida como Shadaloo.
-¡¿SHADALOO?! -exclamó Ken, sorprendido-. ¡Bison! -susurró.
-¿Sabes de qué te estamos hablando?
-Sí. Shadaloo es dirigida por un tipo loco, demente, arrogante, despiadado e implacable que no se detiene ante nada con tal de conquistar al mundo: M. Bison.
-Entonces -empezó Helena-, eso quiere decir que…
-Que no es nada bueno lo que está detrás de esto -terminó Karin-. Pondré a mi gente a trabajar de inmediato -anunció-. No hay tiempo que perder.
-También empezaré las investigaciones al interior de mi empresa -anunció Jin.
-Lo mismo haré yo -remató Helen.
-Bien, pero háganlo de forma que nadie se entere, ni sus hombres de confianza -sugirió Ken-. No anuncien auditorías ni nada por el estilo. Sólo háganlo y tomen las medidas que tengan que tomar. Bueno, creo que mi presencia en este lugar, no es necesaria -anunció-. Karin, iré por mis cosas y tomo el primer avión que salga para San Francisco.

En cuanto Ken salió de las oficinas, se tropezó con un hombre oriental. -¡Fíjese por dónde va! -le reclamó.
-Disculpe señor… ¿Ken? -lo reconoció.
-¿RYU…? ¡Amigo! ¿Cómo has estado? ¡No te reconocí a como vas vestido! ¡De “occidental”!
Ambos chocaron puños. -Bien, gracias. -He estado buscándote. Necesito hablar contigo.
-¡Claro que sí! ¡Vamos por un café y me cuentas!

Ya en la cafetería, Ryu le contó a Ken todo lo que sintió aquella vez. -¿Y a qué crees que se deba? -preguntó Ken
-Francamente, no estoy seguro -contestó Ryu-. Todo esto es muy raro.
-Probablemente, tenga que ver con lo que me acabo de enterar.
-¿Qué cosa?
-Bison…
-¡¿QUÉ?!
-Lo que oíste. Bison está dando problemas otra vez.
-¿Pero de qué forma?
-Aún no lo sabemos. Vengo de reunirme con unos amigos empresarios que han sido desfalcados por empresas “fantasmas” creadas a sus expensas y que le están dando recursos a Shadaloo.
Ryu le dió un sorbo a su bebida. -Por el momento, lo que se me hace muy raro, es que haya empresas colaborando con Shadaloo -mencionó-. Siempre ha sido Shadaloo sola.
-Es un buen punto -opinó Ken-. Es lo más raro que ha pasado en mucho tiempo.
-Cambiando de tema, ¿cuánto tiempo vas a estar aquí en Japón?
-No mucho. De hecho, en este momento voy al lugar donde me estoy hospedando, recojo mis cosas y me voy al aeropuerto a tomar un avión a casa.
-Buen viaje -deseó Ryu.
-Nada de buen viaje. Tú vienes conmigo -decidió Ken-. Tiene mucho tiempo que no hablamos, y que no tenemos un combate.
-Está bien, está bien. De cualquier forma, no tengo nada que hacer aquí.
-¿Traes tu pasaporte?
-Déjame ver (revisó en su maleta deportiva) ¡Aquí está!
-Perfecto. Vete al aeropuerto de Narita y ahí me esperas, en lo que recojo mis cosas.

Un buen rato después, Ken se reunió con Ryu en el aeropuerto. -Perdona, pero el traslado a la residencia Kánzuki es de lo más complicado que puedas imaginar. Primero, tuve que tomar el tren, y después, de ahí, un helicóptero.
-Tranquilo -lo calmó Ryu-. Lo importante es que ya estamos aquí.
-Antes de conseguir boletos, déjame hacer una llamada a casa.

Ken sacó su teléfono celular y llamó a Eliza. -¿Bueno? -contestó Eliza, del otro lado.
-¿Mi amor? ¡Ya terminé lo que tenía que hacer aquí en Japón. Estoy en el aeropuerto y tomo el primer avión que salga para San Francisco.
-¡Qué bueno, mi amor! Mel te ha extrañado mucho.
-Me imagino. La próxima vez, lo traigo conmigo… A propósito, no vengo solo. ¿Quién crees que me acompaña?
-Ya sé: tu amigo Ryu.
-¿Cómo lo supiste?
-Te diría que intuición femenina, pero ya sospechaba que lo traerías. Indicaré que preparen una de las habitaciones para huéspedes.
-Gracias, mi amor… oye, ¿ha habido alguna llamada para mí?
-Ahora que lo mencionas… sí. Te han estado llamando por teléfono.
Ken abrió los ojos, sorprendido. -¿Y quién me ha estado llamando?
-Mi cuñado, Guile -contestó Eliza.
-¿Guile? -Ken se rascó la cabeza-. ¿Y ahora, qué querrá el “cabeza de escoba”?
-No sé, como le dije que te ibas a tardar en Japón y que habías pedido que nadie te llamara…
-E hiciste bien. En cuanto lleguemos a casa, lo primero que haré será hablar con el “cabeza de escoba”. Bueno, es hora de conseguir esos boletos. Te llamo cuando llegue al aeropuerto de San Francisco.
-¿Quieres que te recoja?
-No, gracias. Tomo un taxi. Nos vemos.
-Adiós.

Después de colgar, Ken compró dos boletos con destino a San Francisco, y tanto él, como Ryu, abordaron el avión que los llevaría a esa ciudad.

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