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SFV: Una sombra cae… el fanfic.

Capítulo 31: Hora de cambiar.

Mansión Masters.
Pacific Heights.
San Francisco, California.
Estados Unidos.

Después de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de San Francisco, Ryu y Ken tomaron un taxi con rumbo a la mansión de éste último, en el 2724 de la Av. Pacific. Cuando bajaron su equipaje, Ken le pagó al taxista, abrió la enorme reja y entraron. Después pasaron por el patio hasta llegar a la puerta blanca de acceso a la mansión, propiamente. Ken abrió y los dos entraron. -¡YA LLEGAMOS! -anunció Ken.

Por las escaleras descendió una mujer rubia de cabello largo, que venía cargando a un niño de, aproximádamente, tres años. -¡Mel! -le dijo la mujer al niño -¡Ya llegó tu papá!
-¡Papi! ¡Papi! -exclamó el niño.

La mujer bajó al niño, y fue corriendo hacia Ken, quien lo cargó. -¡Hola, hijo! ¿Me extrañaste?
-Mucho, papi -contestó Mel.
-Así que es tu hijo -comentó Ryu-. Es muy parecido a su padre.
-Claro que lo es -contestó Ken, hinchándose el pecho de orgullo-. Sin lugar a dudas será un digno heredero de las hazañas de su padre.
-Y… ¿Ya lo estás entrenando?
-Por supuesto. Aún no le enseño lo más fuerte, pero ahí vamos.

-Hola, Ryu -saludó la mujer.
-¡Eliza! ¡Gomenasai! ¡No te ví! -se disculpó Ryu.
-No te preocupes -contestó Eliza-. Todo está bien.
-¿Ya tienen su habitación? -preguntó Ken.
-Ya casi -respondió Eliza-. Está junto a la de las otras visitas.
-¿Otras visitas…?

En ese momento, bajaba por las escaleras otra mujer rubia, casi idéntica a Eliza, y que traía de la mano a una niña de unos quince años, también rubia como la mujer, y peinada con una enorme cola de caballo. -Creo que ya no estamos solas -comentó la mujer.
-Hola, Julia -saludó Ryu.
-Hola, ¿cómo estás? -correspondió Julia el saludo. Después le habló a la niña. -Amy, cariño, ve con tu primo Mel a jugar afuera, ¿sí?
-Sí, mami -contestó Amy. Bajó las escaleras, tomó a Mel de la mano y los dos salieron a jugar.

En cuanto los adultos se quedaron solos en la sala, apareció el mayordomo. -Amo Masters -habló-. ¿Quiere que le traiga algo a las visitas?
-¿Deseas algo, Ryu? -le preguntó Ken
-Un té está bien -deseó Ryu.
-¿Eliza… Julia…?
-Café para mí -pidió Eliza.
-Lo mismo -pidió Julia.
-Geoffrey -ordenó Ken al mayordomo-, trae un te y tres cafés, por favor.
-Sí, amo Masters -contestó Geoffrey y se retiró.

Pasó una hora de plática intrascendente. -Disculpa, Julia -habló Ryu-, no quiero ser impertinente, pero… ¿Dónde está Guile?
-Está de misión en Londres -contestó Julia-. Está colaborando con Chun-Li y con (hizo un mohín de desagrado) Cammy.
-¡Vamos, hermana! -animó Eliza-. Cammy no es tan mala. Ya desde hace mucho que dejó de “perseguir” a Guile.
-Dirán lo que quieran, pero yo no confío en ella -respondió Julia, cruzándose de brazos-. Fue por eso que me traje a Amy a la mansión de Ken, para que pasara el tiempo con su primo y con sus tíos.
-Hiciste bien -felicitó Ken. Le dió un sorbo a su café y casi de inmediato lo escupió. -¿Te supo mal el café? -le preguntó Eliza.
-No, no es eso -contestó Ken-. Es que no recordaba que tenía que hablarle al “cabeza de escoba”.
-¡NO LE DIGAS ASÍ A MI MARIDO! -reclamó Julia.
-Lo siento, la fuerza de la costumbre -se disculpó Ken-. ¿Puedes pasarme su número de celular?
-Sí

Julia sacó su celular, buscó en la agenda el número de Guile y, cuando lo encontró, se lo dictó a Ken. Una vez que lo anotó en su celular, lo marcó.

Mientras tanto…

Cuartel General de Delta Red.
Vauxhall Cross.
Londres, Inglaterra.

Cammy, Ángel, un recuperado Nash y los Castillo estaban reunidos en la sección de lóckers, cual había sido su costumbre los últimos días. Los tres primeros reían animadamente, gracias a los chistes y anécdotas que les contaban los Castillo. -… y ahí nos tienen, en el hotelito del pueblo natal de papá -comentaba José Luis-. Que me volteo y que le digo a Paco: “¿Ya viste lo que hay ahí?”.
-Y yo -continuaba Francisco-, que me volteo y que voy viendo un pinche alacrán… ¡Se me fue el alma al suelo!
-¿Le tenías miedo a un triste alacrán? -preguntó Ángel, entre risas.
-En ese entonces, sí -contestó Francisco-. Éramos unos adolescentes en esa época. Y luego, el puto alacrán se nos acercó. “Y ahora, ¿cómo mato a este cabrón?”, pensé. Suerte que traía una lata de insecticida en mi equipaje, la saqué y le eché… ¡Y NO SE QUERÍA MORIR EL DESGRACIADO! ¡JAAA JA JA JA JA JA JAA…!
-Me acuerdo perfectamente -continuó José Luis-. Hagan de cuenta que el alacrán se retorciá, pero luego se sacudía el polvo con las tenazas -ilustraba el movimiento, arrancando más risas de los presentes -¡El méndigo insecticida no le hacía nada! Ahí fue cuando saqué una de mis botas militares, me la puse, y le caí encima al móndrigo. Nada más así se murió.

Llegaron Chun-Li y Guile al lugar -¿Y ahora? ¿Por qué tanta risa? -preguntó Guile.
-Les estábamos contando nuestras “aventuras y desventuras” -contestó Francisco.
-Bueno, por lo menos ustedes tienen un motivo para reír -suspiró Guile.
-Tranquilo, viejo amigo -lo animó Nash-. Tarde o temprano, este embrollo se arreglará.

En eso, sonó el teléfono de Guile. Lo sacó y vió quién le hablaba. -¡Vaya! ¡Hasta que apareció Masters! -exclamó, con un cierto tono de alegría. Descolgó el aparato. -Guile.
-Hola, Guile. Habla Ken Masters. ¿Me buscabas para algo?
-Sí. Necesito pedirte un favor.
-Tu dirás.
-Quiero que consigas información sobre dos empresas, en especial.
-¿Cuále son?
-Mishima Zaibatsu y DOATEC.
Ken se quedó en silencio un momento. -Mishima Zaibatsu y DOATEC… ¡Qué curioso! ¡Acabo de reunirme en Tokio con sus presidentes!
-¡¿En serio?! Entonces para eso fuiste a Japón -comentó Guile.
-Así es. Karin Kánzuki detectó movimientos financieros raros en las cuentas bancarias de estas dos empresas y pidió una explicación.
-Esto está más complicado. ¿Aún sigues en Japón?
-No. Ya regresé a San Francisco. ¿Quieres que nos reunamos aquí?
-Sería lo mejor. En este momento, mi equipo y yo estamos en Londres, pero en cuanto podamos vamos para allá ¿entendido?
-Entendido. Y de una vez les ofrezco mi mansión como alojamiento y como… centro de operaciones.
Guile lo pensó un momento -Mmmmhhhh… bien. Creo que sería lo mejor. De una vez te comento que en mi equipo somos siete personas.
-¡SIETE! ¡Creí que sólo estaban tú, Chun-Li y Cammy, como siempre!
-Sí, así era, pero se nos unió más gente. Ya lo verás.
-De acuerdo, ya veré cómo los acomodamos.
-Eso es lo de menos. Comunicaré la decisión a mi equipo y nos vemos allá.
-Bien, cualquier cosa, estamos en contacto.
-Entendido, hasta pronto.
-Hasta pronto… “cabeza de escoba” -y Ken colgó.

Guile también colgó haciendo un gesto de enfado. -Maldito mocoso arrogante… algún día me las habrá de pagar -susurró. Después habló claro al grupo. -Señores, cambio de planes. Nos vamos a Estados Unidos.
-¿Y eso, a qué se debe? -preguntó Nash.
-Masters tiene más información de la que pensamos, así que quedé de reunirme con él en su mansion… y nos la ofreció como cuartel general.
-Disculpe, general -habló Francisco-, ¿En qué lugar de Estados Unidos está esa mansión?
-En San Francisco, California, ¿por qué?
-San Francisco… regresamos a casa.
-Nosotros vivimos en San Francisco -señaló José Luis.
-Creí que vivían en México -observó Cammy.
-Y lo haríamos, pero al trabajar para WWE, tenemos que tener nuestra residencia ya sea en Estados Unidos o en Canadá -informó Francisco.
-Bien. Tengo que hablar con el coronel Wolfmann para comunicarle esta decisión. Pero primero regresemos al hotel (o a su casa, White y Charlie) para hacer las maletas.
-Y tenemos que pagar lo del hotel -dijo Francisco-. Espero que Bill me haga una rebaja.
-Y no se te olvide vaciar el lócker -agregó José Luis-. Suerte que ya lo limpiamos y nos deshicimos de toda la basura.

Acto seguido, cada quien agarró su rumbo para hacer sus maletas. Una vez terminado esto, regresaron al Cuartel General de Delta Red para informar a Wolfmann de la decisión y para despedirse. -Gracias por colaborar con nosotros, Wolfmann -agradeció Guile.
-Y lo seguiré haciendo, aunque ahora, de una forma diferente -contestó Wolfmann. Después se dirigió a Cammy. -White, recuerde que representa a todo Delta Red. Cumpla con su deber y no vaya a fallarnos.
-No lo haré, coronel. Cuente con eso -contestó Cammy.
-Señor Nash -continuó Wolfmann-, a usted le encargo a la mayor White. Cuídela como si fuera su propia vida.
-Así lo haré, coronel -contestó Nash.

Francisco y José Luis se acercaron a Wolfmann. -De verdad -empezó Francisco-, muchas gracias por todas sus atenciones.
-Gracias por prestarnos su ring y por la comida -agregó José Luis.
-No fue nada, muchachos -contestó Wolfmann-. Era lo que tenía que hacer.
-Y a propósito de la comida, ¿cuánto le debemos? -preguntó Francisco.
-¿Qué? ¡Por supuesto que no me deben nada!
-¿Cómo de que no? ¡Se supone que el servicio de la cafetería es para los miembros de Delta Red… y nosotros no somos miembros.
-No se preocupen por eso… aunque… tal vez sí me puedan pagar con algo.
-¿Con qué? -preguntaron Francisco y José Luis al mismo tiempo.
Wolfmann sacó una pluma y una libreta. -¿Me pueden dar su autógrafo? -pidió.
Francisco y José Luis no pudieron evitar poner una cara de sorpresa y soltaron una risa. Después de darle su autógrafo a Wolfmann, subieron con los demás a la camioneta de Delta Red, que los llevó al Campo Northolt de la Real Fuerza Aérea Británica, donde el “Águila Plateada” los esperaba para llevarlos a San Francisco, California.

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