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Una sombra cae… el fanfic.

Capítulo 85: De regreso en casa.

-General Taylor a Thunderhawk. General Taylor a Thunderhawk. Responda Thunderhawk. Cambio.
-Aquí Thunderhawk. Cambio -contestó Guile el radio.
-General Guile. Primero que nada, permítame felicitarlo a usted y a su grupo por haber salvado al mundo una vez más de Shadaloo. Cambio.
-Gracias, general Taylor. Ecuadrón Ikari, ¿están oyendo la transmisión?
-Fuerte y claro, general Guile. Cambio -habló Heidern.
-¿Hacia dónde se dirigen ahora? Cambio -preguntó Taylor.
-A la base aérea “Travis”, en Fairfield, California. Tenemos que dejar en San Francisco a unas personas y ya después iremos a Wáshington, D. C. Cambio -contestó Guile.
-Tómese el tiempo que quiera, general. Ya su misión ha terminado y no hay ninguna prisa. Cambio.
-Gracias, general. Tambien ustedes pueden venir, Escuadron Ikari. Cambio.
-Pero sólo será para cargar combustible y seguir nuestro trabajo -contestó Heidern-. Cambio.
-Como ustedes lo decidan, general Heidern. Cambio.
-Bien. Aquí los estaremos esperando. Cambio -dijo Taylor.
-De acuerdo, general -respondió Guile-. Cambio y fuera.

Después de la comunicación por radio, Guile fue a la sección de pasajeros. -En unas cuantas horas estaremos llegando a Fairfield. Ahí dejaremos a Masters y a su familia, así como al Detective y al Soldado. Los demás tomaremos rumbo a Wáshington, D. C. -comunicó.
-Bien -dijo Chun-Li-. Yo haré unas cosas en Wáshington y tomaré un avión con rumbo a Marsella.
-¿Marsella? -preguntó Nash.
-Sí. Ahí están las oficinas centrales de INTERPOL. Después iniciaré los trámites para adoptar a Li-Fen (abrazó a la niña). Como todos sabemos, se quedó sin familia gracias a Shadaloo y quiero hacerme cargo de ella.
-Eso habla muy bien de tí, amiga -admitió Cammy-. Yo estaré unos días en Wáshington, y de ahí me voy para Londres. Necesito reportarme con el coronel Wolfmann.
-Creí que… te quedarías un poco de más tiempo -lamentó Nash-. Francamente… te voy a extrañar.
-Errr… compadre… -intervino Francisco-. Sí sabes que hay algo que se llama teléfono, ¿verdad? (sacó su celular y lo movió).
-Sí, pero yo no tengo teléfono.
-Aún… A propósito, aprovechemos estos instantes para hacer intercambio de teléfonos, direcciones de correo electrónico y hasta de Twitter y Facebook, si es que tienen.
-¡Claro! -contestaron los demás.

Entre todos compartieron sus números de teléfono, direcciones de correo (las personales, no las de trabajo) y cuentas de Twitter, Facebook y hasta de Instagram (Chun-Li sólo dió Facebook. Por cuestiones legislativas de China, no tiene Twitter, sino Weibo). -Éstas son nuestras cuentas PERSONALES -aclaró José Luis-, es decir, las que usamos cuando somos… personas comunes y corrientes, no luchadores.
-Me encantaría tener todo eso que ustedes tienen. Se vé divertido -admitió Nash.
-Lo tendrás -le dijo José Luis-. Por lo pronto, quédate con la información, y cuando tengas celular, nos hablas y nos pasas los datos. ¿Está bien?
-Nada más una cosa, compadre -advirtió Francisco-: Las redes sociales son MUUUUUUUUUUUUUY ADICTIVAS… te lo digo por experiencia.

Base de la Fuerza Aérea Estadounidense “Travis”.
Fairfield, California.
Estados Unidos.

Tanto el “Thunderhawk” como el helicóptero del Escuadrón Ikari aterrizaron en la Base Aérea. Mientras iban bajando sus cosas de las aeronaves, y las iban guardando en el Léxus LX de Ken y en el Impala de Francisco, oyeron rumores y gente que venía corriendo. Cuando voltearon a ver, sintieron que el alma se les iba al piso. -¡OH, NO…! -exclamó Guile-. ¡REPORTEROS!
-Y vienen de varios medios -observó Chun-Li.

En cuanto los reporteros estuvieron en frente, comenzaron a preguntar cosas como “¿Cómo se sienten? ¿Fue una misión difícil? ¿Cuál fue la parte más comprometedora?”
Guile les hizo frente -Perdonen, señores, pero hoy no haremos declaraciones a la prensa -declaró.
-¿Pero por qué? ¿Qué les pasa? ¿Ya se les subió? -y cosas por el estilo preguntaron.

Uno de los reporteros se fijó en Nash. -¡Un segundo…! (se dirigió a Nash) ¿Qué no es usted el teniente Charlie Nash?
Nash se quedó sorprendido de que lo hubieran reconocido -¡Es verdad! -exclamó otro reportero-. ¡Usted fue declarado muerto hace mucho tiempo! ¿Cómo es posible que usted siga vivo.
Nash se acomodó los lentes. -Bueno, creo que no tiene caso seguir ocultándolo. Sí… yo soy Charlie Nash. Y como pueden ver… estoy vivo.
-¿Pero qué le pasó? ¿Por qué estuvo oculto todo este tiempo? -preguntaron varios reporteros.
-Disculpen, pero es lo único que puedo decirles. Gracias.
-¡OIGA, NO! ¡LA AUDIENCIA QUIERE UNA RESPUESTA EN ESTE MOMENTO!

Los Castillo entraron al quite. -Señores, no queremos ser groseros, pero por el momento no estamos para entrevistas -les dijo Francisco.
-Otro día, con mucho gusto -agregó José Luis.
-Esperen… ¿No son ustedes “Blue Púnisher” y “El Rockero”? ¿Súper estrellas de la WWE? -preguntó un reportero.
-¡Si…! ¿Y qué hacen con ese uniforme de INTERPOL? -preguntó otro reportero.
Francisco y José Luis se sorprendieron y se quedaron mirando el uno al otro. -Carnal… -musitó Francisco-. Me imagino que ya sabes lo que acabamos de hacer.
-Sí, carnal -contestó José Luis, lamentándose-. ¡LA CRUZAZULEAMOS…! ¡Tanto estar cuidando nuestra “identidad secreta”, para cagarla de la forma más pendeja!
-Pues “a lo hecho, ¡PECHO!” -admitió Francisco y encaró a los reporteros. -Sí, somos Blue Púnisher y El Rockero. Súper estrellas de la WWE… y agentes de INTERPOL. Y si nos permiten, no más preguntas por el día de hoy.
Los Castillo pasaron por enmedio de la nube de reporteros, y se reunieron con los demás, ya para irse con rumbo a la mansión de Ken. El destacamento de soldados que ya estaba en la base aérea, se encargó de mantener a raya a los reporteros.

Mientras tanto, el Escuadrón Ikari aprovechaba para cargar combustible. -Les agradezco mucho su colaboración -dijo Guile a Heidern.
-No hay de qué, general Guile. El Escuadrón Ikari siempre está para ayudar a quien lo necesite.
-Y ahora, ¿qué van a hacer? -preguntó Cammy.
-Pues… todavía quedan muchos villanos en el mundo -contestó Leona-, y mientras haya una persona o un grupo que haga el mal, nuestra misión no habrá concluido.
Los demás se reunieron con ellos, intercambiaron teléfonos (ninguno de ellos tenía redes sociales) y se despidieron. Dicho lo cual, Heidern, Whip, Leona, Ralf y Clark subieron a su helicóptero y partieron con rumbo desconocido.

Residencia Masters.
Pacific Heights.
San Francisco, California.
Estados Unidos.

-¡¡AMO MASTERS!! -gritó Geoffrey, desesperado-. ¡¡YA NO SÉ QUE HACER CON TANTO REPORTERO ALLÁ AFUERA!!
Ken resopló. -Es increíble la voracidad que tienen por noticias -observó, algo frustrado. -Éste es el momento en el que me gustaría tener perros para echárselos.
-A ver qué podemos hacer para quitárselos de encima. Algún día tenemos que salir con rumbo a nuestra casa -se ofreció Francisco. Los Castillo salieron de la Residencia Masters y se subieron al Impala azul de Francisco. -Si quieren una declaración, ¡sígannos! -retó Francisco.
Arrancó el coche mientras los reporteros iban tras ellos. -Bueno… por lo menos ya nos devolvieron la tranquilidad -dijo Eliza, con un respiro.

A la mañana siguiente…

Base de la Fuerza Aérea Estadounidense “Travis”.
Fairfield, California.
Estados Unidos.

De regreso a la Base Aérea, Cammy, Chun-Li, Li-Fen, Nash, Julia, Amy y Guile, estaban a punto de abordar de nuevo el “Thunderhawk”; ya para regresar a Wáshington D. C. -Masters, muchas gracias por tus atenciones -se despedía Guile de Ken.
-Para eso estamos los parientes, “cabeza de escoba”, contestó Ken.
En eso, se acercaron dos motos, una roja y una verde. Los Castillo descendieron de esas motos. -¡Ufff…! ¡Ya casi no llegamos! -exclamó José Luis.
-Entre la horda de reporteros que había fuera de la casa de ustedes, y el pinche tráfico de esta ciudad… ¡Por poco y no nos podemos despedir de ustedes! -admitió Francisco.
-¡Detective! ¡Soldado! -exclamó Guile-. Ayer ya no pude decírselos, pero les agradezco mucho la ayuda que nos prestaron para esta misión.
-No fue nada, general -contestó Francisco-. Solo hicimos nuestro trabajo.
Chun-Li se acercó. -Les recuerdo que dentro de poco tendremos que ir a La Haya.
-¿La Haya…? ¿Y como para qué? -preguntó José Luis.
-Para testificar a favor de Ángel en el juicio, ¿recuerdan?
-¡Sí es cierto! ¡Que se entregó voluntariamente! -exclamó José Luis.
-Y yo que ya me hacía de regreso en el ring -lamentó Francisco-. ¡Con las ganas que tengo que volverme a subir a patear traseros…!
-Bien, Detective, Soldado -habló Guile-, una vez más, ¡GRACIAS!… y estaremos en contacto -dijo, mientras hacía el saludo militar.
-Estamos para servirle, general -contestó Francisco, también saludando como militar.
-¡SEÑOR! ¡SÍ SEÑOR! -se despidió José Luis-, también haciendo el saludo militar.

Guile y los demás abordaron al Thunderhawk, y mientras las aspas giraban y empezaba a tomar altura, Ken, Eliza, Mel y los Castillo se despedían de ellos, moviendo las manos. -¡¡¡ADIÓOOOOS!!! -gritó Ken.
-¡¡¡NOS VEMOOOOOS!!! -gritó Eliza.
-¡¡¡GRACIAS POR TODOOOO!!! -gritó Francisco.
-¡¡¡SE VAN POR LA SOMBRITAAAAAA!!! -gritó José Luis.

Cuando el Thunderhawk desapareció, los Masters y los Castillo regresaron a sus casas.

Aeropuerto Nacional “Ronald Reagan”.
Arlington, D. C.,
Estados Unidos.

Cuando el Thunderhawk aterrizó, les esperaba una desagradable sorpresa. En cuanto Nash puso un pié fuera del convertiplano, se acercó un grupo de soldados, apuntándole con sus armas. -Teniente Charlie Nash -habló Taylor, quien dirigía a ese grupo.
-¿Sí? -contestó Nash.
-Queda usted arrestado por abandonar sin permiso su puesto -dijo Taylor, mientras un soldado esposaba a Nash-. Prepárese para el Consejo de Guerra.
-¡¿QUÉ?! -exclamó Cammy-. ¡PERO… PERO…!
-¡Espere, general Taylor! ¡No puede arrestar a un hombre por algo que pasó hace años! -quiso Guile hacer entrar en razón a Taylor.
-¡Las reglas son las reglas, general! -contestó Taylor-. ¡LLÉVENSELO!
-Tranquilo, Charlie -lo calmó Guile-. Ya veré yo cómo te saco de esto.

Pero cuando ya se iban a llevar a Nash arrestado…

-¡UN MOMENTO! -se oyó la voz de un hombre.
Todos voltearon, y se llevaron la sorpresa de ver quién se estaba acercando: un hombre afroamericano, de cabello corto y canoso, vestido de traje y corbata, acompañado de dos elementos de seguridad.
-¡PRESIDENTE OBAMA! -exclamó Taylor-. ¡Qué sorpresa verlo por aquí!
-Parece ser que vine justo a tiempo para evitar una injusticia. -comentó Obama-. General Taylor… ¿Cómo se atreve a arrestar a un hombre que le ha prestado un gran servicio a la Nacion? -reclamó.
-Pero… pero… señor presidente… ¡Éste hombre es un desobediente! ¡Dejó abandonado su puesto y desobedeció una orden de su superior!
-Sí… ¿y no cree usted que está siendo muy estricto con él?
-Perdóne, señor presidente, pero… ¡Las reglas, son las reglas! -contestó Taylor.
-¡Ay, general Taylor! -suspiró Obama-. Ya me habían comentado que usted es muy estricto, pero nunca imaginé que llegara a estos extremos. Según sé, este tipo de “delitos” alcanza el indulto presidencial, ¿no es así?
Taylor se mostró confuso. -Bueno… sí, señor presidente.
-Pues, en ese caso, yo, Barack Obama, Presidente de los Estados Unidos de Norteamerica, en mi calidad como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, le concedo el indulto a este hombre -declaró-. ¡Suéltenlo! -ordenó al destacamento.
-¡Sí, señor! -exclamaron los soldados. Uno de ellos le quitó las esposas a Nash.
-Un consejo, general Taylor. No sea tan estricto con el cumplimiento de las reglas, o me veré obligado a darlo de baja personalmente. ¿Entendido?
-Entendido, señor presidente.
-Ahora, puede retirarse. Quiero hablar a solas con estas personas, por favor.
-Sí, señor presidente -contestó Taylor, mientras saludaba a Obama como militar. -¡Vámonos! -ordenó al grupo de soldados.
-¡Sí, señor! -contestaron los soldados, mientras iban detras de Taylor y se alejaron de ahí.

Bárack Obama se quedó nada más con sus guardaespaldas, Guile, Nash, Cammy, Amy, Julia y Chun-Li. -Bueno… disculpe… ¿cómo se llama?
-Charlie Nash, señor -contestó Nash.
-¿Qué rango tenía hasta antes de su “muerte”?
-Era… ¿cómo sabe que estaba considerado como “muerto en acción”?
Obama sonrió. -Tengo mis medios, soldado. Ahora, conteste mi pregunta.
-Era teniente, señor presidente.
-¿Teniente?. Bien, teniente Charlie Nash. A partir de este momento, queda reinsertado a la Fuerza Aerea Norteamericana. Y, como premio a su gran contribución para detener a la amenaza de Shadaloo, he decidido ascenderlo al grado de capitan desde este momento. ¡Felicidades, Capitán Nash! -exclamó y le dió la mano.
-Errr… ¡Gracias, señor presidente! -contestó Nash, entre agradecido y sorprendido. Acto seguido, los dos se saludaron como militares.
-Una cosa más, capitán. He oído que ya pueden cambiar esos implantes de piel que usted tiene, por otros de una piel más parecida a la natural. ¿Está dispuesto a hacer esa prueba?
Nash lo pensó un momento. -Disculpe, señor presidente… pero no pienso cambiar estos implantes. Verá… en este viaje he aprendido que no importa la apariencia externa, sino la interna. Son las acciones las que nos hacen monstruos o no. También he aprendido a aceptarme tal y como soy ahora, y que hay gente (le pasó un brazo a Cammy por los hombros, y ella correspondió el gesto recostándose en su pecho) que me quiere así como estoy. Le agradezco el interés que ha puesto en mi caso, pero declino la oferta.
-En ese caso, le ofrezco alojamiento -le dijo Obama.
-El capitán Nash puede quedarse en mi casa, señor presidente -intervino Guile-, junto con mi familia y mis amigos… espero que a mi esposa no le afecte.
-Claro que no, cariño -contestó Julia-. Siempre será un honor tener a Charlie como huesped.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted, capitán? -preguntó Obama.
-Sí, señor presidente. Quiero ver mi tumba, y que la abran, para ver qué enterraron en mi lugar.

Cementerio militar.
Árlington, D. C.
Estados Unidos.

Después de dejar a las mujeres en casa de Guile, él, junto con Nash y el presidente Obama fueron al Cementerio militar de Árlington. -Ésta es tu tumba, Charlie. -le dijo Guile, mientras le enseñaba la lápida con forma de cruz y su foto.
Dos sepultureros llegaron y desenterraron el ataúd. Lo abrieron y… encontraron un costal de tierra adentro. -¡¿PERO QUÉ…?! -exclamó Obama-. ¿Quién pudo hacer esto?
-Los mismos que me traicionaron, señor presidente -contestó Nash. A continuación dió tres nombres.
-Conque fueron ellos, ¿eh? -dijo Guile-. Aún siguen en servicio. Todas las noches se reunen en un bar de mala muerte en Wáshington, D. C.
-Capitán Nash, por favor, repita el nombre de esos tres efectivos -pidió Obama, mientras sacaba una libreta y una pluma-. En este mismo momento, les levantaré cargos por traición y asesinato.
-Bien, señor presidente -contestó Nash y le repitió los nombres-. Pero primero, tengo algo que hacer con ellos…

En la noche, Guile y Nash fueron disfrazados al bar donde se reunían esos tres soldados y tomaron asiento en una de las mesas. Los encontraron bebiendo y contándose chistes. -Oye -habló uno de ellos-, que dicen que Charlie Nash está vivo.
-¿Pero cómo crees? -repuso otro soldado-. A estas alturas ya está más muerto que la economía mundial, ¡Jaaaaaa ja ja ja ja ja jaaaa…!
-Sin embargo, nunca encontraron su cadáver, ¿recuerdan? -intervino el tercer soldado.
-¡Por favor! ¿Se espantan de eso? ¡Si fui yo el que le disparé! ¡Y nunca fallo! -contestó el soldado.
-Así que fueron ustedes quienes mataron a mi amigo, ¿verdad? -exclamó Guile, levantándose quitándose su disfraz.
-¡General Guile! -exclamaron los tres.
-Bueno, eso no importa -continuó el primer soldado-. Tu amigo ya está frío, y no puedes hacer nada para revivirlo.
-¿Ah sí? -contestó Nash.
-¿Y tú, quién eres, perro? -preguntó el tercer soldado.
Nash se levantó y se quitó el disfraz. Los tres soldados lo miraron aterrorizado -¡¡¡U-U-U-U-UN FANTAAAAASMAAAAAAAAAAA!!! -gritaron.
-No, idiotas… no soy un fantasma -contestó Nash-. Y en este momento, se los voy a demostrar.

Después de eso, Nash y Guile les dieron a esos tres miserables la peor paliza de sus vidas, para después entregarlos a la Justicia militar.

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